domingo, 6 de marzo de 2011

El encuentro

Seguí andando mientras me seguían esos mocosos y se empezaron a divisar las luces más nítidamente. No era la casa, sino un camino por el bosque con luces de colores por las ramas de los árboles. Me preguntaba, que si era esa señora la que las había puesto, ¿cómo lo había conseguido? Era todo precioso. Los niños no podían ocultar su asombro. A los lados del camino había lilas y violetas. Fui caminando por él mientras observaba todas las luces. De pronto, silencio sepulcral. Este fue interrumpido por un canto dulce acompasado y seguido del ruido de unos pasos sobre la vegetación húmeda. Todos nos paramos. Entonces la vimos. Era una mujer bastante bien conservada, con unas arrugas marcadas, unos hermosos ojos verdes y una cicatriz en forma de estrella en la frente. Debía tener unos setenta y cinco años más o menos. Nunca había visto una anciana tan hermosa. Nos dedicó una sonrisa y me miró directamente a mí mientras me indicaba que la siguiese, pues debía de haberse percatado de que los demás me seguían a mí. Así pues, la seguí. El camino de luces era bastante largo. Y la misma pregunta se me repetía en la cabeza sin cesar.
-         Perdone, no querría molestarla con esta pregunta, pero, ¿cómo ha conseguido colocar todas estas luces?
-         Una buena pregunta – me dijo con una voz muy dulce para su edad – Seguro que habrá escuchado muchas cosas sobre mí. Pues no las crea.
-         No las creo. La gente suele decir muchas mentiras cuando quiere ocultar su curiosidad. O a lo mejor ya la conocen y le tienen envidia.
La señora rió.
-         Pareces una muchacha bastante lista.
-         Gracias. No me gusta creer las cosas sin antes verlas por mí misma.
-         Aunque la gente diga cosas malas de mí. También hay ciertas personas a las que no habéis sabido escuchar. Esas personas me ayudan cuando lo necesito.
-         Así es que ellas te ayudaron a colocar las luces.
-         Si.
Nos quedamos en silencio y seguimos por el camino. Al final de este ya se distinguía una casita.
-         Bueno, esa es mi casa. ¿Os apetece entrar un ratito?
-         Vale – dije, aunque no quería parecer una maleducada.
Los niños nos seguían sin articular palabra. No rechazaron la invitación, así que, entraríamos todos en la casa.







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